EL COSTO DE CURAR 🩺
Si pudiéramos vivir de cerca la rutina de un estudiante de medicina desde el primer día de su carrera, no dudaríamos ni un minuto en brindar nuestro respeto a cada uno de ellos, reconociendo el enorme reto que representa formarse bajo planes de estudio de alta exigencia clínica y académica.
Ingresar a la facultad de medicina es una aventura colosal. La tensión empieza desde la preparatoria: en el último año, mientras intentan concluir sus estudios, ya se preparan a fondo para el examen de admisión. Algunos lo hacen por su cuenta y otros en cursos presenciales o en línea, sumando una carga extra a una etapa que ya de por sí es exigente.
Para dimensionar el embudo basta ver las cifras de algunas de las universidades más reconocidas del país.
En la UNAM, en su concurso nacional de selección por examen, más de 27,000 jóvenes compiten por apenas 399 lugares en la carrera de Médico Cirujano. Esto deja una tasa de aceptación de solo el 1.47 %; es decir, solo 1 de cada 68 aspirantes lo logra.
En la UANL de 7,613 aspirantes que solicitaron ingreso solo quedaron 2,302 (una tasa del 30.24 %). En la UAdeC la historia se repite: cada año más de 500 personas postulan para Médico Cirujano y solo logran entrar 44, una tasa de apenas el 8.8 % (menos de 1 de cada 10). En el Tec de Monterrey y en la UDEM el filtro es igual de estrecho: en el Tec compiten más de 1,500 por apenas 150 lugares y en la UDEM más de 800 por solo 120, con tasas de aceptación del 10 % y 15 % respectivamente.
La vida dentro de la carrera no es como muchos la imaginan. Son siete años que se miden en guardias. Los estudiantes aprenden a dormir 3 horas, a comer en 10 minutos y a desaparecer de su vida social y familiar. Las materias se vuelven filtros implacables.
Es aquí donde la ansiedad, la depresión, el síndrome de burnout y los trastornos del sueño se vuelven acompañantes silenciosos. Algunos logran recuperarse y retomar, pero hay quienes ya no vuelven y desertan en tercer o quinto año. No es falta de vocación: es la exigencia académica, la privación del sueño, la competencia y los factores psicosociales y económicos.
Llega la graduación; sin embargo, para muchos no es el final de esta travesía de resistencia sino, el inicio de un esfuerzo mayor: el sometimiento a la ansiedad por el ENARM para quienes decidieron hacer una especialidad. No incluiré esos resultados aquí porque son igual de excluyentes o incluso más complejos que los del ingreso a la carrera. Quien logra el puntaje tendrá de 3 a 7 años más de rostros pálidos consecuencia de guardias de hasta 36 horas sin descanso. Lejos de permitir un respiro al día siguiente deben presentarse muy temprano, con responsabilidades que exigen estar por lo menos una hora antes de su entrada. La comida en los hospitales no es la mejor y, aunado a eso, a veces ni siquiera tienen tiempo de probarla, lo que compromete su estado nutricional. Todo esto percibiendo apenas una beca económica que no compensa sus horas de entrega.
Quien logra sostener todo lo anterior ya está listo para dedicar su vida, conocimientos y esfuerzo a cuidar nuestra salud y proteger nuestra vida. Desde ese momento en adelante, seguirá haciendo lo mismo pero con un entrenamiento que le enseñó a normalizar el sacrificio.
Por eso hoy en su día no solo felicitamos al médico titulado, al especialista o al que ya tiene un consultorio establecido. Felicitamos al que está amanecido estudiando farmacología, al que está en su año de R1 sin poder ver a su familia y al que desde hace 30 años se sigue levantando a las 5 de la mañana para salvar una vida. Si conociéramos el peso de su trayectoria desde el primer día, empezaríamos a valorar más la vida de quien cuida la nuestra.
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