Lo que se desvanece: arqueología de un presente inestable no partió de una tesis.
Empezó con una lista de observaciones sueltas que no tenían relación evidente entre sí: los veinte o treinta números de teléfono que cualquiera se sabía de memoria y que eran una forma de declarar a quién teníamos dentro del círculo íntimo; el "a ojo" y el "hasta que espese" de una receta que se transmitía de generación en generación y hoy se consulta en YouTube; la calle desconocida que uno atravesaba sin saber dónde iba a salir; el corazón que mandamos en lugar de escribir que extrañamos a alguien.
Recién cuando llevaba varios capítulos escritos, los primeros publicados en @IdeasLN, apareció lo que tenían en común. La observación desordenada llegó, por lo tanto, bastante antes que el marco teórico, pero una vez que ese marco apareció ordenó todo el resto, y se puede contar como una historia de mercantilizaciones sucesivas de nuestro tiempo vital.
El capitalismo industrial, el que se consolida entre 1830 y 1930, se organizó para capturar nuestra fuerza física dentro de un perímetro delimitado. La jornada laboral tenía un principio y un fin, y esa demarcación era justamente lo que le ponía un límite a la captura: cuando sonaba la sirena de la fábrica que ponía fin a la jornada, quedaba un resto enorme y sin dueño, que eran las horas de ocio del trabajador y de su familia. Capital y trabajo disputaban el precio de las horas contratadas, pero ninguno de los dos discutía que existiera un afuera.
La sociedad de consumo incorporó ese resto al mercado. La bisagra fue en 1914, cuando Henry Ford comenzó a pagar cinco dólares por una jornada de ocho horas y advirtió que el que fabricaba el automóvil debía poder comprarlo. El ocio dejó de ser un tiempo vacío y se convirtió en un mercado con oferta propia: cine, turismo, industria discográfica, shopping. La conquista sindical y la expansión del consumo resultaron ser la misma operación vista desde dos ángulos diferentes, y por eso nadie la vivió como una pérdida. En rigor no lo fue, porque fue el momento en que las mayorías accedieron por primera vez al descanso organizado y a la cultura.
Quedaba un último territorio, el que resistía porque no rendía, no se podía medir ni almacenar: la atención, el deseo, el tedio. Ese territorio cayó después de 2007. El capitalismo de plataformas descubrió que la mercancía ya no era solamente la hora trabajada ni el disco comprado, sino fragmentos cada vez más exiguos de la conciencia humana. Marx anticipó la puesta en valor del tiempo de trabajo, Adorno y la Escuela de Frankfurt vieron venir la del ocio, pero ninguno imaginó que el sistema terminaría comercializando los momentos en que no hacemos nada.
Lo decisivo es cómo se consumó esa última etapa. Las dos primeras necesitaron disciplina, contratos, publicidad. La tercera no precisó nada de eso, porque logró algo que ningún régimen totalitario consiguió: que los ciudadanos financien voluntariamente su propia vigilancia, compren los dispositivos que los monitorean y entreguen a empresas privadas los datos más íntimos de su comportamiento y de su biología, a cambio de servicios que llamamos "gratuitos".
No escribo nada de esto como acusación ni como denuncia. El mismo sistema que le puso precio al intervalo de distracción produjo el acceso más barato al conocimiento de toda la historia. De ese lado del balance ya se ocupa todo el mundo. El libro se limita a hacer el inventario de lo que fuimos cediendo en cada etapa sin saber que lo teníamos.
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